sábado, 7 de enero de 2017

Ningún mal temeré [#Nürbu 18]


Morris Nunn entró en cólera el 1 de agosto de 1976 cuando conoció que Amon abandonaba tras el accidente de Niki Lauda. El neozelandés había visto el amasijo de hierros, fuego y humo, en que se había convertido el Ferrari del austriaco, y no sintiéndose seguro sobre su frágil N176 prefirió no participar en la resalida.

Momentos después, cuando el resto de vehículos restantes ya circulaban con normalidad sobre el asfalto de Nürburgring, el piloto entró en el garaje de Ensign para aguantar estoicamente a Mo mientras éste le llamaba cobarde y nenaza delante de unos mecánicos que, lejos de aliarse con el patrón, bajaban la cabeza o miraban para otra parte con tal de sentirse ajenos a la escena. Nunn era así, pero Chris había escuchado a los Serafines en el Nordschleife... 

«Aunque camine por el valle tenebroso,
ningún mal temeré,
porque Tú estás conmigo.»


El miedo forma parte de la competición por mucho que lo neguemos. Hay quien lo supera, quien cede ante su presencia y quien sopesa si resulta más beneficioso esquivarlo y dejarlo para otro día que arriesgarse a enfrentarse a él. Quién sabe si Chris Amon nos ahorró una esquela con su decisión, o nos evitó ver llorar a Mo Nunn por la pérdida irreparable de su piloto, como lloró Ken Tyrrell cuando conoció la noticia de que François Cevert había fallecido en Watkins Glen. Lo cierto es que Nürburgring no era un lugar seguro para correr en 1976.

Y resulta curioso comprobar, aquí, cómo el circuito, como si se tratase de un ser vivo dotado de inteligencia, se vuelve esencialmente perverso cuando el ser humano cree que tiene ganada la partida.

Después de que fuese abolida la prohibición de que los pilotos alemanes participasen en competiciones internacionales, el Nordschleife acogía en 1951 el Gran Premio puntuable de Alemania, aunque el año anterior también se había celebrado sin que contase para el calendario de la Fórmula 1.

Hecha la salvedad de la retirada de la prueba en 1955 tras los graves sucesos ocurridos en las 24 Horas de Le Mans de ese mismo año, el traslado al trazado de Avus en 1959 y la ausencia de 1960, de 1950 a 1958, todas las carreras de esa década se celebran en Nürburgring bajo condiciones de tiempo soleado y asfalto seco.

Es a partir de 1961 cuando el Nordschleife comienza a mostrarse áspero y nenuente a ser coronado por unos hombres que ya llevan tiempo jugando con fuego.

Desde 1956 los vehículos son más y más ligeros, y más rápidos, mientras que sus ocupantes van cada vez más indefensos dentro de los habitáculos. El diablo de las Eifel baila la danza de la lluvia y comienza a sembrar el miedo. 1961, 62, 66 y 68 suponen aguaceros en estación seca. Concretamente 1962 y 68, son auténticos infiernos pasados por agua.

Y a partir de 1971, tras el intervalo de Hockenheim, el Nordschleife ya ha marcado distancias. Los pilotos lo temen. Temen sus inclemencias, sus cambios de humor, sus trampas. Temen ser la próxima víctima.

Lauda cree saber a qué se atiene pero sueña con ganar a Hunt. Y cuando la suspensión de su T2 flaquea y se ve envuelto en el fuego producido por todo el combustible que lleva en su interior su coche durante las vueltas iniciales, comprende (tarde) que a los dioses se les respeta siempre. Él también escucha a los Serafines, y los volverá a oír en Fuji, pero quien responde a su llamada en Nürburgring es Amon:

—¿Qué haces aquí, idiota?

—No lo sé...

—Abandona ahora que aún es tiempo...

Os leo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Qué grande eres!