martes, 3 de enero de 2017

¿Quién teme al lobo feroz?


Por si todavía existe por ahí algún ingenuo que piensa por qué la Fórmula 1 no resulta atractiva para otras marcas de motores, conviene recordar que nunca ha habido sitio para un nuevo fabricante porque los ya existentes no quieren que nadie les joda el negocio.

Suena crudo, lo sé, pero en la actualidad hay 4 suministradores para 11 equipos y el pastel es lo suficientemente reducido como para que vuelen los platos y las hojas de las albaceteñas reluzcan a la luz de la luna en cuanto alguien menciona que llega alguien más.

Mercedes-Benz abastece a Mercedes AMG, Williams, Force India y Manor, cuatro equipos en total. Renault hace lo propio con Red Bull bajo el distintivo TAG Heuer, Reanult y Toro Rosso, tres escuderías en total, la misma cantidad que le toca a Ferrari: Ferrari, Haas y Sauber. Honda tan sólo produce para McLaren.

Una sencilla cuenta de la vieja nos permite observar que tal y como están las cosas, la de Stuttgart será siempre la mayor beneficiada de este reparto, y, desde luego, la que más impedimentos pondrá para que el actual equilibrio se rompa. Obtiene más rendimiento por kilómetro que el resto porque cuatro coches ruedan más que tres y ofrecen un 25% más de información y de posibilidades de mejorar la misma unidad de potencia. También está el tema de las amortizaciones, ya que siendo dominante en la parrilla, la alemana puede ajustar mejor los precios y sacar ventaja a la hora de negociarlos porque su margen es mayor que el de Renault y Ferrari, por ejemplo.

El mismo cuadro, sin embargo, nos ofrece una perspectiva totalmente diferente en el caso de Honda. La japonesa rueda menos que sus rivales, progresa con mayor dificultad y tiene que comerse las inversiones en solitario...

Y aquí viene lo bueno, que decía aquél, ya que si fuese verdad que la Fórmula 1 está abierta a la incorporación de nuevos suministradores, seguramente nos habríamos ahorrado el bochornoso espectáculo ofrecido de 2015 a esta parte, en el cual, los grandes fabricantes han puesto todo tipo de trabas al pequeño para que prospere.

Se nos ha olvidado, pero como Honda tenía ventaja (sic) por estrenar sus propulsores un año después que sus rivales, fue bonificada en 2015 con una serie de patadas en la espinilla que fueron saludadas por la prensa, buena parte del respetable, y la masa crítica de entendidos del mundo mundial. ¡Hasta ahí podíamos llegar!, se dijo.

Total, que el tiempo ha demostrado que Mercedes-Benz y Ferrari jugaron con el apoyo de la FIA, arteramente y en posición dominante con la nipona. 9 tokens no daban para nada. Y en 2016 se han pagado los platos rotos de aquella aventura.

Ahora que no nos lee nadie sincerémonos, ¿creéis que BMW, Audi o Toyota se iban a meter en un cotarro dominado por fábricas que temen la competencia más que al Alien de la saga iniciada por Ridley Scott?

Ni de coña, ya os lo digo yo. El gran problema que tiene Bernie en las manos en este momento es que la Fórmula 1 está dominada por intereses que se le escapan. Las inversiones son elevadas en tanto al desarrollo y evolución de las UP y nadie quiere perder terreno, de forma que los peces grandes harán todo lo posible por mantener el corralito en los límites que están dibujados actualmente. Y aquí no cabe nadie, ni siquiera aquella vieja idea de un suministrador low cost.

La última muestra que tenemos de que esto supone un problema serio, pero muy serio, es el sacrificio de Pascal Wehrlein para que Honda no pille cacho en 2018. Desconocemos las condiciones en que el alemán ha sido traspasado a Hinwil, pero se huelen en el aire, no hay que ser muy perspicaz para percibirlas. 

Y mientras seguimos adornándonos de deporte, esperando que alguien nos rescate, alabando a Hasegawa por su humildad o maldiciendo lo mucho que cobra Ferrari, los tiburones siguen a lo suyo: haciendo de tapón para que este deporte no saque de una puñetera vez la cabeza bajo los cánones del liberalismo, bandera que, cuando conviene, enarbola como nadie. Libre competencia y tal, ya me entendéis.

Os leo.